DIDASKALOS

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martes, 12 de septiembre de 2017

Lecciones de democracia

La democracia surgió del alma de los griegos, que desde Homero y Hesíodo habían comprendido que la vida de cada ser humano es única y más valiosa que cualquier tesoro o cualquier ambición. Surgió de su afán por defender lo inherente al hombre, de su incesante búsqueda de lo universal, y del convencimiento de que la idea de justicia y el impulso de la voluntad habitan por naturaleza en cada uno de los seres humanos. La democracia surgió de una búsqueda a tientas de algo sin precedentes, surgió de un arduo proceso de toma de conciencia, de conciliación y de renuncia, anterior y ajeno a las victorias sobre los persas. Y el logro fue enorme: nunca la opinión de un hombre común tuvo tanto peso político.
Leandro es un hombre común, un ateniense que la víspera de la batalla de Maratón vuelve de hacer su guardia. Quedan dos horas para el amanecer de una jornada decisiva en la que la joven democracia pondrá a prueba su fortaleza. En torno a las hogueras del campamento los soldados descansan. Uno de ellos despierta sobresaltado por una pesadilla. Se inicia una conversación sobre el significado de las visiones enviadas por los dioses. Leandro empieza a contar su historia.


Leandro es un personaje de ficción cuya vida corre en paralelo al intrincado proceso por el que los atenienses, a finales del siglo VI a. C., inventaron algo nuevo: la ciudadanía.
Hasta aquel momento el hombre no había sido nunca ciudadano. Existían en el mundo culturas piramidales, de poder concentrado en un rey-dios o repartido entre una casta, pero no culturas de ciudadanía. La ciudadanía nació en este lugar, con aquellos que, por vez primera, se reconocieron mutuamente como partícipes de un "poder indefinido", de una ἀόριστος ἀρχή que emana de la esencia política de la propia sociedad, que está siempre vigente en el conjunto de sus miembros, y de la que cada uno de ellos es legítimo portador activo cuando se pronuncia en la asamblea o en los tribunales. Fue así, con este pacto consciente, como nació la democracia. 
La apacible vida de Leandro toma un rumbo inesperado cuando con dieciséis años se despide de su padre y emprende un viaje para cerrar un trato comercial en el Quersoneso.


Su regreso a Atenas coincide con la fiesta de las Panateneas, en la que Hiparco, uno de los tiranos, va a ser asesinado. A partir de entonces se desencadenan los acontecimientos y ya nada volverá a ser igual.



El relato de Leandro va captando el interés de los soldados acampados, que se arremolinan alrededor del fuego, entre ellos una pareja singular, el fornido Cinégiro y su hermano, que con el tiempo será uno de los poetas trágicos de Atenas.


Leandro prosigue con su historia y rememora su estancia en Delfos, donde acude después de salir huyendo de la convulsa Atenas. En el santuario de Apolo es testigo de oscuras intrigas y conoce a un personaje controvertido y a la vez decisivo para la historia de la democracia: Clístenes.


Por los recuerdos de Leandro van desfilando las grandes figuras de la historia ateniense. Como el sabio, poeta y legislador Solón, con el que arranca el lento camino hacia la democracia.
En los días de Solón, el proceso que con el tiempo acabaría conduciendo a la democracia se puso en marcha a raíz de una desigualdad económica que generaba una injusticia social. El poeta intentó crear un sistema para que los ricos no pudieran abusar de los pobres, intentó desvincular el poder de la riqueza y vincular la soberanía al individuo; intentó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política; e intentó, sobre todo, que la libertad dejara de estar supeditada a la posesión de recursos.

El tirano Pisístrato no es presentado con rasgos muy negativos, pero sus hijos Hipias e Hiparco, el reaccionario Iságoras y su aliado, el rey espartano Cleómenes son personajes grotescos, cercanos a la caricatura.





También los dioses tienen su papel en la historia. Atenea se aparece en sueños a Leandro en varias ocasiones para darle consejo y mostrarle el camino. Apolo y Dioniso, razón y frenesí, son dos polos opuestos y complementarios, los motores del cambio que se opera para instaurar la democracia.



Pero a partir del impulso de los dioses el mérito de construir el estado democrático es de los hombres.
El Estado nació como una organización orientada a defender el interés común y los derechos individuales frente a los intereses particulares y la arbitrariedad de las familias poderosas y de sus instrumentos de dominio. Es decir, desde el primer paso, el Estado comenzó a construirse como un Todos frente a un Ellos.

Clístenes (...), con su reforma, creó una nueva sociedad sobre la cual era posible imaginar que llegase a arraigar la igualdad política. Fue un triunfo declarado de la igualdad sobre la identidad. (...) La identidad era una herencia involuntaria, determinante y, a menudo, excluyente; la igualdad, en cambio, era una conquista, y sólo sobre ella podría construirse la ciudadanía.


Desde dos aproximaciones muy diferentes, los dos libros de los que están tomadas las imágenes y las citas de esta entrada nos hacen reflexionar sobre el significado y vigencia de la antigua democracia ateniense. El primero es una novela gráfica, publicada por Alianza editorial con dibujos de Alecos Papadatos y color de Annie Di Donna, el mismo equipo responsable de Logicomix. El guión es del propio Papadatos en colaboración con Abraham Kawa.


El segundo es un cautivador ensayo de Pedro Olalla, quien sabe hacer hablar como nadie a las ruinas y los paisajes de Grecia. En Grecia en el aire (Acantilado 2015) nos ofrece un recorrido físico e intelectual por los lugares de Atenas en los que se forjó la democracia, un paseo que arranca en la colina de las Ninfas y en la Pnyx, se detiene sobre todo en el ágora y se prolonga por el Cerámico hasta la Academia. Pero no se trata tan sólo de un itinerario arqueológico y un documentado estudio sobre la democracia antigua. En unos días en los que muchos dan lecciones de democracia, atribuyéndose la etiqueta de demócratas de un modo excluyente, el libro de Pedro Olalla va más allá, acude a los orígenes e intenta sacudir las conciencias reflexionando sobre la distancia que nos separa de los antiguos atenienses y lo lejos que estamos de alcanzar sus logros.
Veintiséis siglos después, no sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que el objetivo único de los poderes que ahora nos gobiernan no parece ser otro que ese: esclavizar de facto a la humanidad a través de la deuda.
El paseo prosigue por el ágora levantada en tiempo de los romanos, cuyo concepto de ciudadanía, diferente al de los griegos, está en la base de los estados actuales.
La ciudadanía griega fue para quien la tuvo una exigente prerrogativa de acción, de implicación y de responsabilidad política; la ciudadanía romana, en cambio, fue para la mayoría de quienes la ostentaron una mera salvaguarda de garantías jurídicas sin derecho a la participación real en la política. Desde entonces somos más ciudadanos romanos que griegos, y las "democracias" que ha habido hasta hoy en día descienden mucho más de la sangre del republicanismo romano que de aquel denodado proyecto ateniense cuyo nombre -atrevámonos a decirlo- se permiten seguir usurpando.
El destino final es la plaza de Sintagma, donde se levanta el Parlamento griego, el antiguo palacio real ante el que se congregó el pueblo en 1843 para arrancar del rey Otón el compromiso de una Constitución. La misma plaza en la que se alza el ciprés junto al que se suicidó el farmaceútico Dimitris Christoulas, el epicentro de las protestas de los últimos años en contra de memoranda, decretos y recortes, un lugar apropiado para evocar el recuerdo de Antígona.
Antígona nos descubrió algo tan sorprendente y tan rotundo como que la democracia necesita para su supervivencia de la desobediencia civil. Siempre que concibamos la democracia como una creación en desarrollo y no como un hecho consumado, tenemos que aceptar el potencial de esa desobediencia como alerta contra el conformismo, como cuestionamiento permanente de legitimidad, y, más aún, como lícito recurso colectivo para atajar la nefasta tendencia política a que la ética sea sustituida por el derecho. (...) Esa desobediencia se convierte en alarma y en llamada al diálogo para buscar nuevo consenso sobre la legitimidad moral de la ley; se revela como fuerza vivificadora que hace avanzar la democracia; y, lejos de erigirse en su enemiga, se erige lealmente en su conciencia.
En Sintagma culmina este recorrido por el espacio y el tiempo, esta invitación a la acción, a aceptar la herencia y el desafío de la antigua democracia ateniense, a asumir que no se puede construir un mundo diferente sobre una sociedad indiferente.

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Más libros de navegantes por Grecia

Es inevitable sentir nostalgia después de volver de un viaje largamente deseado. El único remedio para esa afección del espíritu es el regreso (νόστος) a los lugares visitados. Cuando eso no es posible siempre queda el consuelo de la memoria, poner por escrito y compartir los recuerdos del viaje. En cierto modo el viaje recordado es un nuevo viaje, diferente del original, transformado por la distancia, el tiempo transcurrido y los caprichos selectivos de nuestra memoria. Hay además otra forma de regreso, que consiste acudir a los testimonios de quienes visitaron los mismos lugares. Así he podido volver a Grecia este verano, recorriendo las páginas de los libros de tres navegantes que conocen bien sus mares. De los Mil viajes a Ítaca de Ana Capsir, un libro muy especial, ya he hablado en una entrada anterior. Hoy toca comentar otros dos. El primero y más recomendable es La isla olvidada de Lluís Ferrés Gurt, publicado por la Editorial Juventud.

Un destino es la excusa para iniciar un viaje. Una isla misteriosa en el otro extremo del mar es más que una excusa, es una razón difícilmente resistible. Y con un velero listo para partir no hay que pensarlo dos veces. Hay que zarpar y desear, como dijo Kavafis, que el viaje sea largo, que el camino sea sinuoso, cosa fácil, ya que la isla se halla en el otro extremo del Mediterráneo y para alcanzarla hay que cruzar este mar laberíntico tan apropiado para el merodeo y en el que lo difícil es evitar detenerse en los recodos del camino y demorarse en los puertos y fondeaderos para hablar con las gentes y saborear los momentos. Hay que apresurar la salida y retrasar la llegada, evitar los atajos. Merodear, esa es la palabra. Pero no como un nómada que hace del camino su única razón de vida, sino como un viajero que va, sin prisa, hacia alguna parte. 
Estas líneas de la introducción resumen el objetivo del viaje que se narra en La isla olvidada, un viaje que parte de la daliniana cala de Port Lligat, en la costa catalana, para terminar en la pequeña isla de Saría, al norte de Kárpathos, en aguas del Egeo. Como revela el subtítulo del libro se trata de un periplo por el Mediterráneo modesto, que elude a propósito las grandes ciudades de este mar y los destinos turísticos más frecuentados. El velero de Lluís Ferrés se detiene en pequeños islotes de la costa oeste de Cerdeña y en el enclave de Tabarka, en el litoral tunecino, antes de recorrer las aguas poco profundas del canal de Sicilia y buscar el rastro de islas que aparecieron y desparecieron como resultado de la actividad volcánica de la zona. El periplo continúa por la costa siciliana recalando en islas solitarias o agrupadas en los pequeños archipiélagos de las Égadas o las Eolias. El paso del estrecho de Mesina, morada legendaria de Escila y Caribdis, marca el tránsito hacia el mar Jónico. Allí es inevitable la parada en Ítaca, la isla de Odiseo, antes de rodear el Peloponeso para adentrarse en el Egeo, el paraíso para el enfermo de islomanía, el territorio en el que cualquier navegante libre de esta fijación acabará contrayendo la enfermedad. Folégandros, Síkinos, Amorgós, Astipalea, Leros, Nísiros, Chalki y Kárpathos son las escalas en las que se demora el barco del autor antes de llegar al destino deseado, la pequeña Saría.
Cada isla es un mundo, con una vida y una historia propias. El libro de Lluís Ferrés entabla un hermoso diálogo con el presente y el pasado de este mar sorprendente. Desde tiempos remotos diversos pueblos han ejercido su dominio más o menos largo e intenso: minoicos, micénicos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, bizantinos, venecianos, genoveses, berberiscos, turcos... Todos ellos han dejado su huella, pero al autor le interesan más algunas actividades que han marcado el pasado reciente y que están a punto de desaparecer. Nos enteramos así de cómo la tonnara, la pesca del atún con almadraba, era hasta hace poco el motor de la economía de algunas islas del Tirreno. Descubrimos el bisso, la seda del mar, un asombroso material obtenido de las fibras con las que la nacra, una especie de enorme mejillón, se fija al fondo del mar. Su proceso de fabricación se ha transmitido como un valioso secreto entre las mujeres de la isla de Sant'Antioco. La extracción de coral en Tabarka o la pesca de esponjas en Chalki son otras actividades casi desaparecidas, que fueron hasta hace poco la clave de su prosperidad. 
Ruinas de castillos encaramados en las alturas, remotos monasterios en lugares imposibles, antiguos balnearios decimonónicos abandonados, o cárceles que albergaron años atrás a peligrosos capos de la Mafia son algunas de las construcciones que salen al encuentro del velero y dan testimonio del paso del tiempo. Como los modestos restos de edificaciones de diversas épocas que aún pueden verse en Saría, la isla felizmente olvidada, el destino último de este fascinante viaje a través del Mediterráneo.


Antonio Vicario es otro navegante, buen conocedor de los mares de Grecia. Pero su libro El mar acogedor, publicado por Bohodón Ediciones, no es una crónica de viajes, sino una colección de relatos un tanto desigual. El autor elabora seis piezas de ficción partiendo de noticias de prensa, notas, recuerdos y reflexiones personales. Todas ellas tienen una relación más o menos directa con el mar y se desarrollan en su mayoría en islas como Hidra, Egina, Ítaca o Santorini. Entre sus protagonistas encontramos gentes de mar: capitanes, cocineros, familias de armadores venidas a menos..., pero también a un anciano arqueólogo exiliado que regresa a su patria, o a la variopinta comunidad de extranjeros afincados en una isla griega. Las historias suelen estar salpimentadas con una tórrida pasión amorosa y se resuelven con algún suceso trágico que marca el destino de los personajes. Se trata, en suma, de una lectura amena y ligera, sin mayores pretensiones, que cuenta para nosotros con el aliciente de estar ambientada en Grecia.



lunes, 17 de julio de 2017

Mil viajes a Ítaca

A finales de 2010 descubrí en internet una luminosa ventana abierta a los mares de Grecia. A través de ella no sólo se contemplan espléndidas vistas, también se puede escuchar el sonido del viento, el rumor de las olas, retazos de conversaciones y melodías de canciones. Llega hasta nosotros el olor del salitre, de los pinos y los cipreses, o el aroma de algún plato cocinado con mimo en una taberna junto al mar. La responsable de mantener abierta esa ventana para que nuestro ordenador se inunde periódicamente con los colores, sonidos, aromas y sabores de Grecia es Ana Capsir, autora del blog Navegando por Grecia.


Ana Capsir es bióloga, navegante y viajera. Descubrió Grecia hace más de veinte años y se enamoró del país, donde reside una parte del año. Decidió compartir sus recuerdos y vivencias en un blog, cuyas entradas han sido recopiladas recientemente por Ediciones Casiopea en forma de libro con el título de Mil viajes a Ítaca.


Para los que visitamos habitualmente Navegando por Grecia es un placer releer de un tirón las entradas que han ido apareciendo estos años en el blog. Quienes no lo conozcan tienen ahora la oportunidad de descubrir a una autora con una voz y un estilo muy personales, que hacen inconfundibles sus historias. A pesar de su brevedad y aparente sencillez los relatos de Ana son fruto de una cuidadosa elaboración. Están cocinados a fuego lento, con una buena dosis de ternura y admiración hacia los griegos, y condimentados con ironía, sentido del humor y una pizca de nostalgia, a la que se añaden en ocasiones unas gotas de amargura ante los padecimientos que ha traído la crisis en los últimos tiempos.


El material del libro está organizado de acuerdo con un criterio geográfico, aprovechando que cada entrada se relaciona con alguna de las múltiples islas que pueblan los mares de Grecia. La primera parte está dedicada a las islas del Egeo, la segunda a las del Jónico y la tercera al Peloponeso, que al fin y al cabo es una isla, no sólo por su etimología, sino también físicamente desde que el canal de Corinto lo separa de la Grecia continental.
La autora confiesa en varias ocasiones su pasión por las islas, a las que se aproxima con afán de coleccionista, aunque no baste con una sola visita para desvelar todos sus secretos.
Yo soy coleccionista de islas griegas y si en algún momento vislumbrara la posibilidad de finalizar mi colección, ¿qué haría?, pues volver a empezar por la primera, porque en cada visita son inexplicablemente diferentes, como los naipes de los trileros.
Es necesario volver una y otra vez a la misma isla si quieres que llegue finalmente a abrirse como una granada madura para mostrarte sus frutos más dulces. Si solo la visitas en una ocasión, es posible que la encuentres aún verde.


Se equivocará quien pretenda encontrar en el libro una guía exhaustiva de las islas visitadas. El lector no hallará descripciones detalladas de paisajes, pueblos pintorescos, ruinas o museos. Esta ruta evita a propósito los lugares más frecuentados por el turismo. A cambio tendrá el privilegio de atracar en islas minúsculas, habitadas por una pareja apartada del mundo o por un pope centenario. Rememorará la historia de amor de María Callas en la isla de Skorpios. Asistirá a un concierto de la diva en la vecina Lefkada, en el que un joven pianista de 18 años lucha por mantener a raya sus nervios. Recorrerá las islas del golfo Sarónico saltando de taberna en taberna. O sencillamente se dejará arrastrar por el cúmulo de sensaciones que puede llegar a suscitar un plato de aceitunas, degustado en un pequeño puerto del Peloponeso. Partiendo de un recuerdo, una breve anécdota o una conversación, la autora va construyendo a retales su particular visión de Grecia.
Aparte de paseos y paisajes, a mí me gustan más las anécdotas y conversaciones, porque dibujan con pinceladas gruesas el conjunto de una acuarela que es en el fondo el poso que nos dejan los viajes.


La última parte del libro está dedicada a la isla de Lefkada (Leúcade por su nombre clásico), en especial al pueblo donde la autora compró y rehabilitó una vivienda para convertirla en su hogar en Grecia. Las historias relacionadas con la casa y con sus singulares vecinos de Evgiros se encuentran entre las más suculentas del libro. Especialmente memorable es el diálogo platónico que mantiene con el electricista, el fontanero y el albañil para intentar conseguir que se pongan de acuerdo y terminen de una vez por todas la obra. En estas páginas Ana Capsir despliega sus dotes narrativas para acercarnos a personajes tan entrañables como Vangelis, el pescador que busca una novia que no esté muy gorda; Ioanna, la panadera que hornea el pan como si de un ritual mágico se tratara; Takis, el mecánico desastrado, capaz de encontrar una solución a casi cualquier problema; o las taberneras, confidentes y amigas Vula y María. Ellos son los verdaderos héroes del libro, los griegos que no dejan de sorprendernos por su naturalidad, por su forma peculiar de disfrutar de la vida y por su capacidad de autogestión para salir adelante incluso en las circunstancias más adversas.
Pocos peros se le pueden poner al libro, aparte de algún despiste ocasional por hacer referencia a una foto o canción que aparecían en el blog, pero que aquí se omiten. Aliquando bonus dormitat Homerus, como dijo el poeta. Más llamativos son algunos deslices en la acentuación, que se podrían haber subsanado con un buen trabajo de corrección de pruebas por parte de la editorial. Sin embargo, Ediciones Casiopea se gana inmediatamente nuestra indulgencia por el mimo que pone en el envío del libro, cuidadosamente envuelto, atado con un cordel y con una invitación a viajar.


Y es que el libro de Ana Capsir es un auténtico regalo para todos los amantes de Grecia, con páginas a la altura de lo mejor que se haya escrito en español sobre este país. Después de leerlo nos quedamos como esos gatos de un puerto de las Espóradas, congregados en el muelle olfateando el rastro que deja un delicioso guiso de calamares mientras la Maga se adentra en el mar.


 La mayoría de las imágenes que ilustran esta entrada están tomadas del blog de la autora, Navegando por Grecia, donde se pueden seguir degustando nuevas historias.


jueves, 29 de junio de 2017

Thermæ Romæ, un cómic ambientado en Japón y en la antigua Roma


Lucius Modestus es un arquitecto romano especializado en la construcción de termas que no pasa por su mejor momento. Sus proyectos son rechazados por no adaptarse a los nuevos tiempos y atraviesa una crisis matrimonial. Un amigo escultor, Marcus, intenta consolarle y juntos acuden a unos baños para relajarse. Lucius se sumerge y de repente es succionado por un extraño desagüe. Al poco tiempo emerge en un lugar diferente, rodeado de unos individuos de cara plana y ojos rasgados.




Así comienza Thermæ Romæ, una exitosa serie de manga japonés, escrita y dibujada por Mari Yamazaki y publicada en español por Norma Editorial. La colección consta de seis volúmenes con originales portadas, en las que esculturas clásicas, como el Laoconte, aparecen ataviadas con complementos propios de la cultura termal japonesa.




El protagonista del cómic descubrirá con asombro un pueblo totalmente desconocido, que comparte con los romanos su afición por los baños, aunque con una tecnología mucho más desarrollada. En sucesivos viajes de ida y vuelta entre la antigua Roma y el Japón actual, Lucius traerá nuevas ideas que le permitirán revolucionar el mundo de las termas romanas.






La fama de Lucius Modestus llega hasta el mismo emperador Adriano, quien acaba por requerir sus servicios. Se abre así una segunda línea argumental del cómic, en la que nuestro protagonista se convierte en una especie de consejero ocasional del emperador y se ve envuelto en las intrigas de senadores y otros miembros de la corte candidatos a la sucesión.


Al final de cada capítulo en los primeros volúmenes, y más espaciadamente en los siguientes, aparece una sección titulada Mis amores: Roma y los baños, donde la autora habla del proceso de elaboración de los episodios, ofrece detalles de sus viajes de documentación por Japón en compañía de su divertido editor jefe, el señor Okumura, y nos confiesa también su pasión por la cultura de la antigua Roma, que descubrió en su época de estudiante en Italia y viviendo en Europa con su marido italiano.

Mari Yamazaki
Con el desarrollo de la serie el argumento se va haciendo cada vez más complejo y los episodios se extienden a lo largo de varios capítulos. La autora se recrea en el contraste entre dos civilizaciones separadas por dos mil años de historia, pero con algunos puntos en común. El protagonista reacciona con estupor ante inventos como la televisión, pero también improvisa, con los materiales que tiene a mano, elementos de la cultura romana.




Cuando la acción se sitúa en Roma los diálogos de los personajes están plagados de latinismos, en ocasiones traídos por los pelos o fuera de lugar. Cuando Lucius se dirige a algún interlocutor japonés que no entiende su idioma la autora recurre directamente el latín, no siempre utilizado con propiedad. Pero en el cuarto volumen Lucius se encuentra por fin con un personaje que entiende su idioma en el mundo de los caraplana, la bella e inteligente Satsuki.




La aparición de Satsuki da un nuevo rumbo a la historia y ya no será Lucius el único que realice viajes en el tiempo. Una trama mafiosa, una historia de amor y una excavación arqueológica transcurren en paralelo a los últimos días del emperador Adriano.




Un pequeño inconveniente en la lectura del cómic es que, debido a su reducido formato, resultan prácticamente ilegibles, si no se recurre a una lupa, las anotaciones de la autora y del traductor a pie de viñeta. Por otro lado, puede resultar extraño leer un cómic a la japonesa, pasando las páginas al revés y siguiendo las viñetas de derecha a izquierda. Pero el esfuerzo merece la pena, porque Mari Yamazaki nos hace disfrutar con una historia original y llena de sentido del humor. Al final sentimos simpatía no sólo por los personajes, sino también por la autora, que nos cuenta detalles de su vida privada y nos hace partícipes de su propia experiencia como guionista y dibujante de este manga. Del éxito que tuvo la obra en Japón da idea el hecho de que se rodara un largometraje, aprovechando los decorados de la célebre serie Roma.



Mari Yamazaki ha vuelto a visitar la antigua Roma en su nuevo manga, firmado en colaboración con Tori Miki e inspirado en la figura de Plinio el Viejo. Afortunadamente podemos disfrutar también de esta obra en español, gracias a la edición que está haciendo la editorial tarraconense Ponent Mon, de la que ya han visto la luz tres volúmenes. Pero de ellos hablaremos en ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ a la vuelta del verano.


miércoles, 21 de junio de 2017

Peregrinos de la belleza


Poco después de mi personal peregrinaje por la belleza he leído este libro de María Belmonte, publicado por Acantilado hace ya dos años. Se trata de una colección de semblanzas de personajes que encontraron en Italia y Grecia su particular paraíso durante una etapa más o menos larga de sus vidas. A pesar de haber nacido lejos del Mediterráneo, o quizás precisamente por ello, desde el siglo XVIII muchos europeos del norte se sintieron atraídos por estos países del sur y emprendieron una especie de viaje iniciático del que volvían profundamente transformados.
Cada viajero tenía un motivo diferente para dirigirse al sur: la contemplación de las ruinas clásicas, los efectos beneficiosos del sol, la búsqueda de amores prohibidos o de un escondite para una relación ilícita. Y para algunos afortunados, aquel viaje deparaba insospechados y gozosos descubrimientos. Porque el amante del Mediterráneo ve el mar más azul, el cielo más índigo, la silueta de los árboles más definida y elegante en Italia o Grecia. Se pasea arrobado, con la mirada alterada del enamorado y desprovista de las telarañas de la cotidianeidad, como el místico que contempla la belleza del mundo porque ve las cosas como si fuera la primera vez. No sólo la mirada se agudiza en el amante-místico, sino también la percepción. Los parajes están cargados de significado, se puede detectar la presencia del espíritu del lugar, de husmearlo, de temerlo, de adorarlo.
Estas palabras están tomadas de la introducción del libro, que lleva el sugestivo título de El mundo mediterráneo como destino vital. La autora hace su propia selección de peregrinos de la belleza entre quienes más le han influido y han contribuido a hacer de ella una amante del Mediterráneo. La mayoría están relacionados con la literatura, pero también con las bellas artes e, incluso, con la medicina. Dos alemanes, un sueco, cuatro británicos y dos estadounidenses, algunos nacidos en lugares tan remotos como China o la India, componen la nómina de viajeros repartidos en las dos partes del libro, la primera dedicada a Italia y la segunda a Grecia.
María Belmonte no pretende ofrecer una biografía detallada de cada uno de los personajes. Lo que le interesa es su relación con Italia o Grecia. Por ello, después de comentar brevemente los orígenes y antecedentes familiares, se centra en sus vivencias en estos países del sur de Europa. Generalmente al final de cada semblanza la autora introduce el relato personal de su visita a alguno de los lugares relacionados con el personaje, para rastrear las huellas de su presencia.
Tras la introducción el libro se inicia con Johann Winckelmann, precursor del ideal neoclásico en las bellas artes. A pesar de sus modestos orígenes y de empezar a trabajar como maestro de escuela, su curiosidad y dotes intelectuales le llevarían hasta Roma, donde acabó siendo bibliotecario, catalogador y anticuario papal. No llegó a visitar Grecia, viaje que pospuso en varias ocasiones. En Trieste, cuando regresaba a Roma desde Viena, fue asesinado en extrañas circunstancias, reconstruidas minuciosamente por la autora.

Winckelmann retratado por Rafael Mengs

Alemán como Winckelmann fue Wilhelm von Gloeden. Procedía de una familia acomodada de la que heredó el título de barón. Viajó a Italia en busca de un clima cálido que curase sus problemas de tuberculosis. En Taormina acabaría restableciéndose y encontrando la inspiración para sus inquietudes artísticas. Se sirvió de un arte entonces incipiente, la fotografía, para recrear escenas clásicas de ambientación bucólica, utilizando como modelos a sus humildes vecinos sicilianos.


Fotografías de Wilhelm von Gloeden

Axel Munthe también viajó al sur desde su Suecia natal para curarse de la tuberculosis. Estudió la carrera de medicina en Francia y montó una exitosa consulta en París y, más tarde, en Roma. Sin embargo, encontraría su verdadero hogar en la isla de Capri, donde fue considerado casi un santo por su altruismo y entrega a un lugar que distaba mucho de ser por entonces un destino turístico de lujo. Allí construiría una original villa en uno de los parajes más hermosos de la isla, la ermita de San Michele.


Villa San Michele

La vida de D.H. Lawrence, personaje que aparece en la fotografía de la portada, fue breve pero intensa. De orígenes humildes trabajó de maestro, como Winckelmann, y pronto empezó a escribir. A los veinticinco años estuvo a punto de morir por una grave neumonía. Al año siguiente huyó a Italia en compañía de la esposa de su antiguo profesor de francés, con la que mantendría una larga y peculiar relación. Sus novelas y libros de viajes reflejan su manera apasionada de disfrutar de la vida y la fascinación que sintió por Italia.

D.H. Lawrence y su esposa Frieda

El motivo que llevó a Italia a Norman Lewis fue diferente al de los demás personajes de este libro. En septiembre de 1943 desembarcó en una playa cerca de Paestum durante la Operación Avalancha, la invasión aliada de Italia. Trece meses pasó Lewis destinado en Nápoles y sus alrededores. En su libro Nápoles 1944 describió la vida de la ciudad en medio de los desastres de la guerra.

Erupción del Vesubio en 1944, de la que fue testigo Norman Lewis

Grecia no es un país pequeño... es extraordinariamente grande. Ningún país de los que he visitado me ha producido semejante sensación de grandeza. El tamaño no siempre viene dictado por las distancias.
Con estas palabras de Henry Miller se inicia la parte del libro dedicada a Grecia. El autor norteamericano visitó el país entre junio y diciembre de 1939. Durante esos meses trabaría una intensa amistad con un círculo de intelectuales y escritores entre los que se encontraban Lawrence Durrell, residente por entonces en Corfú, el poeta Seferis y Yorgos Katsimbalis, el coloso de Marusi, al que se alude en el título del que probablemente sea el libro de viajes más apasionado y alejado de academicismos que se haya escrito nunca sobre Grecia.
A diferencia de Miller, que sólo pasó unos meses en Grecia, Patrick Leigh Fermor residió buena parte de su vida en ese país. Se le puede considerar el paradigma del viajero, aventurero y amante de Grecia. De él y sus libros ya hemos hablado en otras entradas de ΔΙΔΑΣΚΑΛΟΣ (Mani, Roumeli y Drink Time!). Resulta difícil permanecer indiferente ante un personaje tan fascinante y eso se le nota a la autora, que ha escrito en La simiente negra la crónica de su propio viaje por Creta en busca de los escenarios del legendario secuestro del general Kreippe, y tras las huellas de los republicanos españoles que participaron en la evacuación aliada de la isla.

Autorretrato de la autora en el museo de la guerra de Heraklion

Kevin Andrews fue otro apasionado de Grecia, no tan conocido como Leigh Fermor, porque su vida fue menos heroica y su libro The flight of Ikaros (El vuelo de Ícaro) permanece sin traducir a muchas lenguas, entre ellas el español. Después de graduarse en Harvard llegó a Grecia becado por la Escuela Estadounidense de Estudios Clásicos. Recién terminada la guerra mundial el país se hallaba envuelto en su propia guerra civil. Andrews emprendió el viaje influido por el pasado clásico de Grecia, pero acabaría por interesarle más su historia reciente, tras convivir con pastores y campesinos mientras recorría el Peloponeso buscando los restos de antiguas fortalezas venecianas. Regresó a Grecia en la década de los cincuenta y vivió allí hasta su trágica muerte, acaecida en 1989 cuando hacía la travesía a nado entre la isla de Citera y el islote de Avgó.

Kevin Andrews con el islote de Avgó al fondo

El último personaje reseñado es Lawrence Durrell, por el que la autora demuestra también una simpatía especial. Su relación con Grecia se plasma en tres escenarios, tres islas en las que Durrell vivió en tres períodos de su vida y que inspiraron tres espléndidos libros de viajes: La celda de Próspero, sobre Corfú; Reflexiones sobre una Venus marina, dedicado a Rodas; y Limones amargos, ambientado en Chipre. El recorrido de la autora por los lugares durrellianos de Corfú cierra esta última semblanza.
Pero este no es el final del libro, ya que María Belmonte añade un breve epílogo donde evoca las figuras del filósofo bizantino Gemisto Pleton y su discípulo italiano Segismundo Malatesta, que robó los restos de su maestro de la catedral de Mistras, en el Peloponeso, para trasladarlos al templo que había mandado construir en Rímini, un edificio singular e inacabado que constituye, según la autora, el símbolo más elocuente de ese ideal inalcanzable de perfección física y espiritual que brilló fugazmente en las estatuas de Fidias y en las palabras de Sófocles y que surgió hace siglos en las riberas del Mediterráneo.

Templo Malatestiano de Rímini

Tumba de Gemisto Pleton

Peregrinos de la belleza es un cautivador recorrido por la vida de nueve personalidades fascinantes y, al mismo tiempo, un viaje por los paisajes de Italia y Grecia. Un libro donde se mezclan la biografía, la crítica literaria y el relato de viajes, y en el que su autora logra recrear con maestría, tanto el carácter de sus personajes, como el ambiente, la época y los lugares por los que transitaron.